martes, 14 de enero de 2014

81- ¡¡¡Todos a bordo!!!


Irina se instaló en el depto. Creo que a esta altura del partido no le sorprende a nadie que mi residencia se vea invadida por mi estropaja de turno.
De todas las faldas que supieron habitar mi cueva, Iri fue la única que no intentó romper las pelotas con semanas enteras de estadía allí. Se limitaba, simplemente, a estar un par de días, para después mandarse a mudar a su depto.
El único problema de la señorita de ascendencia siciliana era su pésimo gusto para elegir algún que otro adorno para mi cubil. Ya se habrán dado cuenta, entonces, a quién perteneció la bendita idea de un juego de ajedrez con el cual podría haberme cortado tranquilamente las venas si así me lo hubiese propuesto.

Una tardecita de otoño, de esas que a mí me encanta disfrutar escuchando blues y tomando café amargo, apareció Iri con un paquete por demás sospechoso, tan sospechoso era, que de haber estado en el aeropuerto hubiésemos terminado en cana:

- ¡Hola negrito! – Dijo con una sonrisa a puro diente - ¡Te traje la re sorpresa!

Como ya les había dicho, a esta altura del partido, ustedes ya saben que mis relaciones se desenvuelven de manera casi cíclica. Lo que yo tendría que entender, de una puta vez, es que cada vez que una de mis estropajas atraviesa el umbral de mi puerta sonriendo, yo debería prenderle un par de velas a Ntra. Sra. de la Promiscuidad, por las dudas.

Ni siquiera me dio un beso, entró, puso el paquete en la mesa, y lo desenvolvió ella misma, parecía una nena de cinco años abriendo un regalo de navidad.

En ese momento solo puede ver un pedazo de madera lustrada, cuando mi vista pudo distinguir lo que era, me atraganté con el café. Era tal mi estupor que solo se oyó de mis labios (o de mi garganta), el sonido “ggghak!!”.

-  ¡Sabía que te iba a sorprender! ¡Es herrrrrrrmoso! ¿Viste? – Pregunto muy ilusionada.

- ¿Ah? – Pregunté con los ojos desorbitados.

Era un adorno colgante tallado en madera, un barco tipo el “Perla Negra”, lustrado, en color marrón clarito. Una de las piezas más aberrantes jamás vistas.
La singular nave estuvo colgada arriba de mi sofá durante unas semanas. Y yo siempre a punto de decirle Iri que por favor se lleve a la mismísima mierda esa porquería de barco, que verla de día me provocaba incomodidad, pero que verla de noche me causaba un cagaso de novela.
Una de esas tardes de invierno, en los que no tenía ni el suficiente calor, ni la suficiente cantidad de monedas para salir, se me ocurrió poner orden al depto.
Plumero en mano le sacaba la tierra de los muebles y justo en el momento en que pensaba que más que un plumero iba a necesitar una pala para sacar toda la tierra, empecé a pasar el instrumento de limpieza por arriba del sofá… En lo mejor de la limpiada, el barquito de Iri se desprendió del clavito y fue a parar al piso (¡¡Uhhh!!).
Solo se astillo en el borde y mientras pensaba como disimularlo, lo colgué de la pared. Y así fue como repetí la operación unas nueve veces más, hasta que el bendito barco se partió al son de un delicioso “¡crack!”.

Accidentalmente, claro está.


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